Hay muertes que sorprenden por inesperadas y otras que, además, parecen resumir una vida. La de monseñor Teodoro Gómez Rivera, obispo de Choluteca, tiene algo de esto último. Murió en Madrid mientras viajaba hacia Roma para cumplir con la visita ad limina Apostolorum. La muerte lo encontró en el camino, cumpliendo su deber, sirviendo a la Iglesia a la que había entregado su vida.
Ayer he tenido la oportunidad de participar en Madrid en la ceremonia de exequias, presidida por Mons. José Vicente Nacher, antes de la repatriación de sus restos mortales a Honduras, a donde llegarán este fin de semana. Ha sido una experiencia impactante y, al mismo tiempo, una inmensa gracia. Allí, frente al féretro de un hermano sacerdote, de un compatriota y de un pastor de nuestra Iglesia, era difícil no pensar en la fragilidad con la que caminamos todos.
He podido ver y escuchar de primera mano el dolor de algunos sacerdotes y la consternación de sus hermanos obispos. Algunos habían viajado antes; otros llegarían después. Todos tenían una cita en Roma para vivir juntos la visita ad limina. Monseñor Teodoro emprendió solo su viaje, pero no llegó al encuentro.
Ahora, cuando sus hermanos se reúnan ante el Santo Padre y en las basílicas de los apóstoles, habrá una ausencia inevitable: la del hermano que también se puso en camino, pero cuya peregrinación terminó inesperadamente en Madrid, para continuar hacia la Casa del Padre.
No tuve una relación cercana con monseñor Teodoro. Aunque sí lo conocí y conversé con él en un par de ocasiones. Guardo una imagen que los años no han borrado. En 2005, cuando un grupo de jóvenes participábamos con ilusión en el Encuentro de Compromiso del Seminario Mayor, discerniendo el llamado al sacerdocio, él nos recibió y compartió con nosotros como formador.
Recuerdo a aquel joven sacerdote de apariencia seria, pero de corazón noble, alma sincera y una alegría que aparecía detrás de aquella primera impresión de sobriedad. Entonces, ninguno de nosotros podía conocer los caminos que Dios tenía preparados.
Teodoro había salido precisamente de aquella iglesia del sur para formarse en el Seminario Mayor. Sirvió después como sacerdote, formador, párroco, responsable de Cáritas y vicario. La vida lo llevó al episcopado y, finalmente, lo devolvió a su tierra como obispo de Choluteca. También asumió, cuando la Iglesia se lo pidió, la administración apostólica de la diócesis de Danlí.
Su trayectoria parece cerrar así un círculo sencillo y hermoso: salió del sur como seminarista y volvió para ser su pastor. Quizá por eso su muerte en este viaje adquiere una fuerza particular. No porque debamos romantizar la muerte ni esconder el dolor que provoca. Somos humanos. Nos duelen las despedidas, los proyectos interrumpidos y las palabras que quedaron pendientes.
La fe no elimina ese dolor; nos enseña a atravesarlo con esperanza. Monseñor Teodoro no llegó a Roma. No pudo completar aquella visita que había emprendido para encontrarse allí con sus hermanos obispos. Pero llegó hasta donde pudo, haciendo lo que había hecho durante su vida: responder cuando la Iglesia lo llamaba.
Tal vez ese sea su testamento más sencillo y más verdadero. Para la Diócesis de Choluteca, que lo vio partir siendo joven y lo recibió años después como pastor; para los sacerdotes que compartieron con él el ministerio; para quienes alguna vez recibimos de él una palabra, una celebración o un gesto de cercanía, queda ahora una pregunta silenciosa: ¿qué hacemos nosotros con el camino que todavía tenemos por delante?
Hoy, al despedirlo lejos de Honduras y verlo emprender su último regreso a la tierra que tanto amó, vuelvo a recordar a aquel joven sacerdote frente a un grupo de muchachos que soñábamos con servir a la Iglesia. Veintiún años después, la vida me ha concedido estar aquí para decirle adiós.
Descanse en paz, monseñor Teodoro. Su camino terminó mientras cumplía con su deber. El nuestro continúa.