OPINIÓN Columnas
Jueves 28 de junio de 2012

El silencio de los culpables

04:51 pm
Por: Paulo Coelho

El video se filmó la mañana del día 26 de abril de 1986, y muestra la vida normal de una ciudad normal. Un hombre sentado tomando café. La madre paseando con el bebé por la calle. La gente, atareada, dirigiéndose a su trabajo, una o dos personas esperando en la parada de autobús. Un señor leyendo un periódico en un banco de una plaza.

Pero hay un problema con el video: aparecen varias rayas horizontales, como si hubiera que mover el botón de búsqueda para que yo y las cuatro personas que están conmigo podamos ver una imagen mejor. Voy a pedirles que lo hagan, pero se me ocurre entonces que ya lo habrá notado alguien, y que pronto harán algo al respecto.

El video sobre la pequeña ciudad del interior sigue pasando, sin absolutamente nada de interés aparte de las escenas de la vida común. Puede que algunas de aquellas personas sepan que a dos kilómetros de allí hubo un accidente. Es posible también que sepan que se produjeron 30 muertes, lo cual es un número alto, pero no lo suficiente como para cambiar la rutina de los habitantes.

Las escenas muestran ahora autobuses escolares estacionando. Se quedarán allí muchos días, sin que pase nada. Las imágenes son de muy mala calidad, y me giro hacia Katja para pedirle que intente ver qué es lo que pasa. Ella no responde, se ha quedado muda. Me giro hacia Oleg, que me dice:

-No es el botón de búsqueda, es la radiación.

En la noche del 26 de abril, a la 1:23 h. de la mañana, tuvo lugar en Chernóbil, Ucrania, donde estoy ahora viendo este video, el peor desastre producido por la mano del hombre. Con la explosión de un reactor nuclear, los habitantes de la zona se vieron sometidos a una radiación 90 veces mayor que la de la bomba de Hiroshima. Era necesario evacuar inmediatamente la región, pero nadie, absolutamente nadie, dijo nada; a fin de cuentas, el gobierno no comete errores. Una semana más tarde, apareció en la página 32 del periódico local una pequeña nota de cinco líneas hablando de la muerte de los operarios, y nada más. En ese mismo tiempo, se celebró el Día del Trabajo en toda la  antigua Unión Soviética, y en Kiev, capital de Ucrania, la gente desfiló sin saber que la muerte invisible estaba en el aire.

Vuelvo a mi pasado: estoy en un bar en el Jardín Botánico de Río de Janeiro, cuando la televisión da la noticia, porque a estas alturas, a miles de kilómetros de donde se produjo el accidente, ya se ha detectado en Suecia la nube radiactiva que se mueve en dirección a ese país.

Sólo treinta muertes aquel día. Y, sin embargo, según un informe de las Naciones Unidas realizado en 1995, el desastre afectó de manera directa a un total de 9 millones de personas en todo el mundo, entre ellas tres o cuatro millones de niños. Las treinta muertes se transformaron, según el especialista John Gofmans, en 475.000 casos de cánceres fatales, y un número parecido de cánceres no fatales.

El silencio de los culpables, sin embargo, duró mucho más de lo que se esperaba; a fin de cuentas, nadie ve una nube radiactiva. Pero finalmente, cuando el mundo entero ya lo sabía, cuando la nube se había extendido por toda Europa, 400.000 personas tuvieron que ser evacuadas. Un total de 2.000 ciudades y pueblos fueron sencillamente borrados del mapa. Comenta el profesor Dr. Vladimir Chernousenko.

Además de estos 9 millones de personas directamente afectadas por la radiación, otros 65 millones se vieron afectadas, en otros países, de forma indirecta a través del consumo de alimentos contaminados.

Y sea en Ucrania, en Rusia, en los Estados Unidos, o en Alemania, es absolutamente imposible controlar completamente una reacción nuclear. A punto estuvo de ocurrir en Estados Unidos (se refiere a Three Mile Island, donde otro reactor explotó parcialmente) y en cualquier momento, sin dar ningún aviso, puede volver a suceder.

El video, filmado por la KGB (la policía secreta de la Unión Soviética) termina con algunos agentes vestidos con ropas especiales. Katja, Oleg, Yuri y Lena están llorando. Nos levantamos y, a causa del silencio de los culpables, los inocentes también se callan, porque no hay nada, absolutamente nada que decir.

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