Hermanos viven de embellecer muertos con una técnica heredada
06:36 am - Renán Martínez:Los hermanos Sergio y Arnold Mena viven entre cadáveres dando otro rostro a la muerte.
Honduras
Primero metieron el cadáver de una mujer joven en el estrecho cuartito y luego hicieron entrar a los dos hombres con mascarillas de tela y guantes de hule a hacer lo que tantos años han estado haciendo: cambiarle el rostro a la muerte.
Del cuerpo salió como un ronco quejido cuando los hermanos Sergio y Arnold Mena comenzaron a succionar líquidos con una bomba de la caja torácica de la difunta. Es un sonido gutural que se produce cuando el aire succionado pasa por el esófago, explica Sergio, el mayor de los hermanos.
Ambos han estado entre cadáveres desde niños porque los servicios fúnebres han sido el patrimonio de la familia por 40 años, por eso la muerte no los asusta.
Ese día, los familiares de la muchacha muerta les pidieron que prepararan su cuerpo porque había comenzado a emanar sangre de la nariz y los oídos cuando la estaban velando. Antes de dos horas de permanecer encerrados con el cuerpo en aquel rincón de la sala donde se exhiben los ataúdes, devolvieron a la difunta a la mesa de velación sin la palidez de la muerte.
Ese es el trabajo de ellos en la funeraria Cama Nacional: embellecer a los muertos para que el dolor que causa el deceso de un ser querido sea más llevadero. Es placentero para los hermanos escuchar, después de hacer su procedimiento, expresiones de los familiares como “¡qué linda quedó!”, “¡parece que está dormida!”.
La Cama Nacional fue adquirida por el padre de Sergio y Arnold en los años 60; por eso, el menor de los hermanos dice que nació en una funeraria.
Cuando era niño, Arnold miraba a su padre preparar los cadáveres y luego a Hermes, otro hermano ya fallecido; por ello, cuando le tocó el turno de hacerlo, lo tomó como lo más natural.
No ocurrió lo mismo con Sergio en su primer encuentro con un cadáver en la soledad de una pieza. “Sentí que me quemaba la mano cuando estaba aplicando el formol, tal vez porque hay cuerpos que conservan más tiempo el calor”.
Fue tan fuerte su impresión que estuvo nervioso por algún tiempo después de haber preparado el cuerpo de aquel hombre que había muerto de forma natural. El tiempo fue borrando el recuerdo nefasto y enseñándole a Sergio a dominar con mayor aplomo la técnica que aprendió de Hermes, graduado en esa especialidad en Estados Unidos.
No se imaginaron Sergio y Arnold que años después usarían esa técnica en el mismo hermano que se las había enseñado cuando este falleció.
También les tocó embalsamar a su madre para que durara más de tres días, pues había que esperar a parientes que vivían en Estados Unidos.
El embalsamamiento es un proceso más complicado que la simple preparación de cadáveres. Se trata de insuflar un polvo de formaldehído en las arterias con una bomba que va desplazando la sangre muerta.
Cuando les tocó hacer el procedimiento con la progenitora de sus días, Sergio lo tomó con toda naturalidad, pero Arnold vaciló antes de empezar. “No quería arrancar”, comenta ahora Sergio.
Después de aplicar el formaldehído, los preparadores de cadáveres bombean en las arterias y las venas un líquido rosado que indica las zonas adonde va llegando el químico y quita la palidez de la piel.
No especificaron cuánto tiempo puede durar un cadáver embalsamado, pero pusieron como ejemplo que una mujer coreana que ellos arreglaron con su técnica, estuvo 12 días en la funeraria antes de ser trasladada a su país de origen.
Cuando se trata de personas muertas en hechos violentos, se hace necesario suturar las heridas y los orificios de bala para que los cuerpos no manchen la mortaja.
“A los cadáveres los peinamos, los rasuramos y hasta les sacamos las espinillas”, comenta Sergio.
A veces, la gente trae sus muertos desarreglados, con la cara grasosa y con manchas oscuras, tal como quedaron cuando fallecieron, pero cuando los hermanos Mena los retocan, los familiares quedan asombrados y agradecidos.
Comenta Sergio que tiene un amigo que no se cansa de agradecerle por la forma en que dejó a su padre fallecido. “Mi respeto para vos, yo no me atrevo ni a tocar un muerto”, le dijo el amigo al ver lo que había hecho con el difunto.
Recogían muertos
Recordó la época en que no había morgue judicial en la ciudad y a ellos les tocaba ir a recoger los cadáveres en las cañeras después de haber sido reconocidos por el médico forense. A algunos había que reconstruirlos prácticamente y darles forma para dejarlos presentables ante los ojos de los familiares que habían solicitado el servicio fúnebre.
A Sergio lo llamaron cierta vez para que fuera a recoger un hombre muerto a tiros en Cofradía, sin indicarle de quién se trataba. Resulta que cuando levantó la manta que cubría al muerto se encontró con que era uno de sus mejores amigos. Fue un tremendo impacto porque siempre llegaba a platicar con ellos a la funeraria y de pronto se convirtió en uno de los muertos que tenían que preparar, comentó.
Que se ganen la vida con la muerte no significa que no tengan sensibilidad, dicen. Suelen conmoverse por la forma en que murió una persona; sienten, también, la satisfacción de dejar a una jovencita como para una fiesta en la otra vida.
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