El mandado
07:33 pm - Jorge Montenegro: redaccion@laprensa.hnComo es costumbre de los hondureños se mandaron a oficiar varias misas en la vieja iglesia de San Sebastián.
Honduras
Bartolo Benítez se levantó temprano, como de costumbre, y asistió a la misa de la mañana, en la iglesia de San Sebastián, en la ciudad de Comayagüela. La iglesia estaba iluminada por las velas. Buen número de personas comenzó a llegar y ocupar las viejas bancas de madera. El sacerdote llegó, hizo la señal de la cruz y comenzó los actos religiosos. Bartolo se arrodilló y comenzó a rezar.
Al salir de la iglesia se encontró con Marina Alvarado, una joven que siempre le había llamado la atención. La saludó cortésmente y se ofreció a acompañarla a su casa. Ella aceptó. Caminaron por las polvorientas calles de la antañona ciudad y Bartolo le preguntó:
—¿Y qué hay de cierto que ya se dejó con Heriberto?
Ella se sonrojó y respondió:
—Así es, Bartolo, él me dejó por otra. Han pasado tres años y aquí donde me ve es la primera vez que vengo a la iglesia. Hasta la fe había perdido por ese hombre. Al principio no hallaba qué hacer conmigo.
Me llevaba a todas partes, me compraba cosas y fuimos felices un tiempo. Todo fue que conociera a Reina, la hija de don Ramón, para que todo comenzara a fallar. Y usted ¿ya se casó?
El hombre sonrió.
—No, no, no me he casado todavía, aunque ganas no me han faltado. Estoy igual que usted. ¿Se acuerda de Mirtala, la de Cundo? Anduve con ella un tiempo. De repente apareció por ahí un chofer que la engatusó y se la llevó. Me han contado que le ha ido muy mal, pero así es la vida. Siguieron platicando y llegaron a la casa de Marina y se despidieron con un apretón de manos. Hicieron una cita para verse en el parque el sábado por la tarde.
Bartolo llegó a su casa, lanzó un suspiro y pensó:
—¡Qué bonita está la Marina! Me parece que está más bonita que antes. Me imagino lo que debe hacer sufrido por Heriberto. Tan buena pareja que hacían; jamás me imagine que él la traicionaría con la hija de don Moncho. Que Dios me perdone, pero esa tal Reina sí es fea; no sé qué le habrá visto mi amigo, aunque pensándolo bien dicen que en esa familia les ha gustado mucho la brujería. A lo mejor le dieron alguna babosada para que dejara a Marina por Reina. Mmm. Quién sabe lo que habrá sucedido. Siempre me ha gustado Marina. Nunca le dije nada por respeto a mi amigo. Hoy que la vi quizás pueda llegar a algo bonito con esa mujer.
Llego el sábado y por la tarde los dos se encontraron.
—Caramba, Marinita, qué bella que anda, parece una princesa.
Ella sonrió.
—Usted es el que está choco. Ja, ja, ja.
—No, Marinita, aunque fuera choco, como usted dice, siempre estaría admirando su belleza. Perdone la pregunta. ¿Qué ha sabido de Heriberto?
Ella miró hacia la lejanía y respondió:
—Supe de él pasado el primer año que se había ido a vivir con Reina a Santa Bárbara; de ahí no volví a saber nada, como que se lo tragó la tierra. Ya ve, así han pasado tres largos años. Ya lo superé y no me hace falta. No pienso en él, ya no hay nada, ni siquiera resentimientos.
Bartolo sonrió y dijo:
—La historia suya se parece a la mía. Al principio me dolió mucho, pero me fui acostumbrando a la situación y ya no hay nada.
Anduvieron dando vueltas por el parque y finalmente él se atrevió a agarrarla de una mano. Ella no protestó y cuando menos lo esperabanse estaban besando.
Así comenzó una bonita relación entre Bartolo y Marina. Los familiares de ella conocían al hombre y sabían que era una persona recta y sin vicios. Un mes después unieron sus vidas por los sagrados lazos del matrimonio, ya que ambos estaban solteros. Dios premió aquella hermosa relación con un hijo, al que bautizaron y llamaron Miguel en memoria del padre de Bartolo, que llevaba ese nombre.
Una tarde aproximadamente a las seis, el joven Miguel se despedía de sus amigos del campo de fútbol después de jugar un partido amistoso con los muchachos del barrio vecino. Un hombre que había visto el encuentro se le acercó a Miguel y le dijo:
—Veo que era un gran delantero. Así me hubiera gustado tener un hijo, pero tú eres el hijo de doña Marina, ¿verdad?
El muchacho asintió con un movimiento de cabeza.
—Pues qué bueno —dijo el hombre—. ¿Me puedes hacer el mandado de llevármele esta carta a tu mamá? Dile que se la manda un amigo.
El joven tomó la carta y se despidió. Llegó alegre a su casa y saludó a sus padres. Contó el encuentro con el extraño y le entregó la carta a su mamá. Bartolo estaba intrigado. Se acercó a su esposa mientras ella abría el sobre. Cuando iban leyendo sus rostros se pusieron rígidos y pálidos. La carta había sido enviada por Heriberto. Entre otras cosas decía: “Dile a Bartolo que escarben donde hay una piedra blanca detrás de la casa. Es un regalo que le hago deseándoles que siempre sean felices”, pero el susto fue grande, pues sabían que Heriberto había muerto hacia 10 años.
Bartolo encontró gran cantidad de pepitas de oro en un pequeño baúl, también monedas de plata y oro.
En vida, Heriberto se dedicaba a comercializar el precioso metal. Como es la costumbre de los hondureños, se mandaron a oficiar varias misas en la vieja iglesia de San Sebastián en memoria de Heriberto, quien equivocó su camino al abandonar a una buena mujer. Lo anterior nos fue narrado por la misma doña Marina en la ciudad de Comayagua.
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